Lector, soñador...
Abrí el libro en una página perdida, temiendo encontrar la página de la fatalidad. Encontre extrañamente mi letra y un lunar, dos lunares.
Finalmente creo haberla encontrado, y entro en duda, mil teorias, mil mitos, que si la página de la fatalidad genera muerte, genera juventud eterna, sonrisas, deformaciones en los intestinos, calambres preciosamente dolorosos en las tripas, dispareidades respiratorias, brillo insoportable en los ojos.
No lo sabre por ahora, solo se que el lienzo que estaba en blanco empezo a tomar textura, temperatura, piel fresca con gusto a madera, polvo y miel, con gusto a sudor de eternidad y final soleado lleno de sangre.
Entonces el libro se detuvo, en esta pagina, las letras tomaban volumen y crecían lentamente como lentejas en agua.
Entonces el mundo empieza a estar en eternas negaciones del espacio, tu piel como lienzo y el lienzo blanco arrugado, la barriga por corazón. El colectivo lo esperamos en arboles, las rocas cargan muy lentamente a las hormigas que alcanzan a hacer un millon setecientos ochenta veces la ola con sus patas antes de rendirse boca arriba con un pétalo de flor amarilla como sombrilla. El camino de sentimientos amarillos huele a fermento de cerveza y parece turba quemándose, humo, salino, yodado. Una casa de té, una brigada de luz de emergencia, una sonrisa a un canto.
Y mi mirada se pierde en el doblés del libro, en el centro, entre el lienzo y la página en blanco, y mi mano se va perdiendo acariciando los limites de tu piel.
El sol entraba desde mi oreja, en linea recta hasta el hueso de mi cadera izquierda, entonces me doy cuenta que he encontrado la fatalidad en un libro, esa fatalidad que me hace querer seguir leyendo con los ojos cerrados, con los dedos, sentirlo cómo escrito en braile, pasar mis sentidos por cada punto, cada coma, cada tilde y simplemente dar la vuelta a la hoja una y otra vez, escribiendo mi historia en el, escribiendo con mis ojos en sombras, en las sombras de tus huesos.
Ésta es la imagen de un momento eterno, y al parecer parte importante de mi futuro como literato, como lector de lienzos, y me veo noche a noche, doblando la página, tomandote de las costillas y empezando de nuevo, a escibir, a leer, a degustar. Quiero ser un nuevo lector todas las noches y repasar por la mañana. Sé que hay que cerrar cada capitulo con permiso del libro, acariciarlo en el lomo para que no muerda, besarlo en cada hoja, y pasarme el dedo por la lengua para pasar la hoja.
Libro antiguo de coleccion, libro nuevo que huele a grafito, libro de estudio, libro de pasión, libro de realidad mágica, libro de magia real, verde blanca y negra. Manual de adoración a deidades, manual de instrucciones, boletin informativo sobre el estado de las flores moradas, guía geográfica del despiste, guia t sin rutas, enciclopedia invaluable, informacion nutritiva y lista de contraindicaciones.
Libro para leer con cuchillo en mano, tajalapiz, cuaderno y tinta negra, labios ansiosos, sonrisas y cantos, lluvia de flores enteras, piedras blancas cargadas de sol, fotos y entendimientos de 22 del loco, de lilith, sonrisas, gastritis de amor, flores moradas, jardines de luxemburgo perdidos en la mitad de la nada, rumbos cantados sin orientación, tesoro enpolvado, dieta de insectos, consulte a su medico.


2 Comments:
Las bestias descansando, los pies secos, 3 dedos de pinot y tabaco incendiado...
Quiero leer ese libro mudo y blanco, pasear por sus letras de nieve y sal... ¿se consigue en las librerías de Corrientes y Callao?
Tomar cada una de esas letras de partículas de cuarzo, de luna molida y vela líquida. Aglutinarlas, formar ungüento con las manos, pintarme de estrella y nácar la piel y hacerla desaparecer. Dejame transparente. Dejame dormir en todas las partes del silencio. Tan solo un deshielo lento sobre mis propios pies, un cielo sin color, el equilibrio exacto entre mis rutas aeroespaciales y tu tensión superficial (ver física molecular), el extremo más delgado de un punto cardinal sin pistas de aterrizaje...
Ro
(“No hay días pequeños. Todo ser ha tenido movimientos de esos que no han dejado en él más que un puñado de cenizas. Pero no basta una casualidad: es necesaria una costumbre. Hay que aprender a vivir en la belleza y en la gravedad. Esa fuerza invisible y abstracta. Y esa fuerza no aumenta sino en quienes han adquirido la costumbre de sentarse en las cimas en que la vida penetra y desde donde se ve todo acto y todo pensamiento infaliblemente ligado a las cosas... Que se encuentra en las obras poéticas, o en un solo verso, y que en medio de los humildes acontecimientos diarios, parece entreabrir de pronto alguna cosa enorme... entonces, no hay días pequeños...”
Fragmento de “La inteligencia de las flores”, de Maurice Maeterlinck.)
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